Viviendas bajas, señoras que bajaban a la compra “hechas unos
zorros”, comprar chuches en casa de La Pura, Sima(n)go, pajeros en
la oscuridad… Nos vendieron el barrio como el futuro, pero no lo era.
Así fueron mis aquellos no maravillosos años.

moratalaz
La autora de pequeña

Decir que eras de Madrid cuando estabas fuera de vacaciones, en la playa, en un pueblo, donde fuera de España, suscitaba cierto odio y, a la vez, admiración. Molaba. Pero después de esas miradas que te aportaban cierto poder extraño, tocaba aclarar que, en realidad, no eras de Madrid-Madrid, si no de Moratalaz. Poco glamour.

Crecer allí de niña fue muy bonito, casi maravilloso. Supongo que esta retentiva encaja con lo que les vendieron a nuestros padres. Barrio de parques, sin tráfico, seguro, apacible, lejos de la contaminación del centro. Con futuro.

Yo vivía frente al cuartel de la Policía, en las casas altas. En mi zona había tres bloques enormes y cientos más que no lo eran. Eran viviendas bajas y no del futuro, como nosotros. La brecha social existía en todo Moratalaz; desde Pavones hasta quien se apuntara desde La Estrella. Mi experiencia es de Pavones. Mi madre, que era de buena familia, no entabló amistad jamás con los de las casas bajas y, por ende, nosotros tampoco. Tampoco llevaba bien lo de encontrarse a las señoras en el súper con su bata, sus rulos, zapatillas de andar por casa y fumando. Yo, por el contrario, las adoraba. Podría decir que ha sido mi mejor aprendizaje de Moratalaz: a la compra, o se baja hecha unos zorros, o no se baja.

Otro hito del barrio era comprar chuches en casas, en mi zona estaba La Pura y una mujer paralítica que te atendía subiendo a su segundo piso. Yo era más de La Pura, que atendía a pie de calle, desde la ventana de su casa, y no te hacía experimentar las intimidades propias de un hogar. Ella fue una especie de confesora de mis vicios. Nuestra relación duró siempre y fue feliz. Desde la niñez hasta mi paso a los cigarrillos sueltos.

 

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La adolescencia en el barrio se convirtió en un auténtico coñazo. El futuro no llegó. Pasé la mayoría de mis tardes fumando desde la ventana, observando cómo nada cambiaba; las casas bajas, los parques vacíos (ni siquiera dieron para botellón), los columpios abandonados, la carretera a lo lejos y el encuentro diario con mi hermano en la otra ventana, fumando, como yo. Estudié en el único colegio de pago del barrio donde pasé catorce años vestida de uniforme codeándome con los nuevos pijos y con un ambiente enrarecido y humillante. Lo más divertido que recuerdo fue el trabajo de una compañera, que nos quiso convencer a todos de que el nombre de Moratalaz venía de una mora, que se llamaba Talaz. Pobre, yo me reí mucho pero ella se comió sus buenos años de ‘bullying’. No fue la única.

Allí solo tuve un par de amigos de verdad con los que salíamos a la parte más comercial del barrio, las lonjas para hacer botellón y la glorieta de Simago aka Simango para robar tonteríasy comprar ‘Maxis’. La zona de las lonjas tenía bares y tenía vida. Os lo podrá contar otro. Llegados a ese punto mi odio hacia el barrio iba in crescendo. Para diferenciarme y hacerme la mayor, iba a pasar las tardes con mis dos amigos al lobby del Hotel Colón donde nos dábamos cierto aire internacional o a los bajos de Orense (Nuevos Ministerios) a Nuit, o a Nubes , a bailar y cubrirnos de morreos locos.

Desde el Metro, que era la zona donde vivían Los Chunguitos, hasta mi casa tenía que volver de noche y atravesar un descampado muy oscuro. Moratalaz y el miedo. Con el tiempo apliqué una táctica que recomiendo a cualquiera: parecer más loca tú que el supuesto agresor. Hablar sola, cantar, mover llaves, pegar un pequeño grito. Nunca me pasó nada. Pero tengo amigos a los que atracaron en varias ocasiones: el peligro existía. Tuve también un momento ‘Guerra Mundial Z’, pero a lo pajero.

Desde elparque hasta la parada de autobús encontrabas, cada día, a uno mirándote y machacándosela con los ojos a la virulé.El uniforme no ayudaba. Sufrí a otro, más atrevido, que me llamaba a casa y me gemía sus cerdadas. Un día le eché dos cojones y le dije que por qué no nos veíamos y hacíamos todas aquellas cochinadas en directo. Me colgó al instante y sentí que le había tumbado pero, para mi desgracia, reapareció un año después.

Dejé de vivir en Moratalaz hace ya muchos años y, durante este tiempo, solo vuelvo para para visitar a madre. Siempre que voy procuro ser optimista y verle el lado bueno pero es que todo sigue igual. Han puesto columpios nuevos, eso sí. Pero no hay niños, se ha convertido en un barrio de personas mayores y esas personas son nuestros padres.

A veces imagino, quizá porque hay una parte estética que me lo recuerda, que Moratalaz podría convertirse en en el futuro Lower East Side de Madrid, con estudios para artistas y una corriente creativa concentrada en un barrio para jóvenes. Pero eso me recuerda a lo que pasó con Triball en el centro y casi prefiero que se quede así, fuera de moderneos y de futuro.

 

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