“El mundo es un libro, y quienes no viajan leen solo una página”

San Agustín

Cuando el filósofo escribió estas palabras en el siglo IV, el mundo era mucho más pequeño. Los europeos, por ejemplo,  no habíamos descubierto aún América, pero las poblaciones indígenas llevaban mucho tiempo recorriendo el continente americano. ¿Que pensarían y sentirían mientras iban leyendo las páginas de aquel enorme continente virgen?

A menudo pienso que un viajero nace, no se hace. Y es que, más allá de pasión  y emociones, en los viajes nos aguardan también tensiones y dificultades, por lo que la pulsión por abandonar nuestra zona de confort y lanzarnos a lo desconocido, nace forzosamente de una naturaleza especial. En mi caso, siempre me han movido una innata curiosidad por el mundo y el firme deseo de verlo con mis propios ojos.

Viajar es hoy más fácil que nunca, y en cierto modo menos necesario gracias a los medios de comunicación. Pero, ¿es realmente así? A mi juicio, nunca como ahora había resultado tan vital conocer de primera mano un mundo fascinante que cambia a toda prisa. Y es que solo pisando una tierra con nuestros propios pies podemos aspirar a comprenderla, desde el bosque más salvaje a la ciudad más cosmopolita.

He tenido la gran suerte de dar con una familia de viajeros, y mis primeros recuerdos de esta relación están ligados a grandes viajes por tierra, mar y aire.  Desde el comienzo de nuestra aventura, todos los años nos hacinamos en un avión y ponemos rumbo a algún lugar desconocido, hacia algún rincón por descubrir. Una vez allí, nos paramos cuando algo nos llama la atención y seguimos en busca de las palabras mágicas “habitaciones libres”. Estos viajes han dejado en mi bagaje, el espíritu libre del viajero, y nunca estaré lo suficientemente agradecido a mi familia por ello.

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M.

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